Deconstruyendo(nos)

REALIDAD SOCIAL

Por Sol Di Doménico

¿Alguna vez nos animamos a preguntar(nos) quienes son las víctimas de violencia de género? Pues bien, es necesario que entendamos la complejidad de los actos del habla y del lenguaje en la acción de designar, vocalizar, verbalizar o definir un concepto. Así que, primeramente, los aburriré con una lección de lingüística general de la mano de FERDINAND DE SAUSSURE

            Saussure a lo largo de sus cursos de lingüística general, desarrolló la teoría de la palabra (o concepto) graficado como un espejo de dos caras: significado y significante. Dicho en criollo, cuando nosotros nombramos la palabra mesa, tenemos el significante, la palabra, el concepto y el significado; que si bien tiene características únicas en cada persona por su experiencia propia, lo aprendido y lo aprehendido; tiene características comunes en todos los significados personales. Pues bien, alguna vez nos animamos a cuestionarnos cuál es el significante propio del concepto “víctima de violencia de género”? Bueno, en principio vamos a llegar a una conclusión inequívoca, la mayoría de las personas a las que les preguntemos, primeramente pensaran en una mujer, ¿no?. Eso es parte del significante colectivo, junto con otras características que podamos reconocer que hablan más de nosotros mismos que de los demás.

EL NACIMIENTO COMO SANOS HIJOS DEL PATRIARCADO

            Históricamente, nacemos permeables a aprehender de nuestro entorno social. Y en muchos casos o en algunos, ya veremos, nacemos y crecemos creyendo en el realismo mágico que nada puede dañarnos porque la sociedad nos protege. Lo que consideramos dañino no entra en nuestra psiquis, nada puede dañarnos. Lo malo siempre le ocurre a otro y en muchos casos buscamos una explicación racional del por qué le ocurre. En nuestra Argentina moderna crecimos escuchando el consabido “algo habrán hecho” para mantenernos en nuestra burbuja de aparente seguridad que nada malo puede pasarnos.

Esa burbuja opera dentro de las relaciones de poder de la violencia de género. Quien es víctima muchas veces “algo habrá hecho” para provocarlo. ¿Por qué? porque nos pone ingenuamente a salvo, si nosotros no lo hacemos, no puede pasarnos. Porque nos encontramos normalizados, estandarizados y adaptados exitosamente en la cultura en la que nos tocó nacer. Desde el principio de los tiempos, ya con el solo hecho de ser mujer, hicimos algo. Histórica y bíblicamente el ser mujer alcanza para ser castigada, normalizada y adaptada a las necesidades del hombre. Por algo menstruamos, no? como castigo divino a no obedecer al Hombre omnipotente que creó a nuestro amo a su imagen y semejanza y del cual solo somos parte de sí mismo, de su propiedad, como su propio cuerpo ya que salimos de él. Desde la Biblia encontramos el concepto de Mala Mujer, la Desobediente, la plausible de castigo. Y quienes no quieran adaptar ese rol, terminaran en el juicio y la hoguera, literal y figurada. Por lo cual, las Malas Mujeres siempre seremos culpables y nunca victimas. Siempre habremos hecho algo.

EL CULPABLE ES EL OTRO

            ¿Por qué nuestra existencia se encuentra supeditada al realismo mágico que las cosas malas le pasan solo a quienes lo provocan? para protegernos a nosotros mismos. Si nosotros seguimos las reglas nunca nos va a pasar nada malo. La sociedad va a protegernos, ¿o no? Y si nos pasa a nosotras mismas es porque nosotros nos lo buscamos. Inclusive este mecanismo funciona cuando queremos ayudar, nos ponemos en el rol de superior moral e indicamos que se debe hacer para salir de la situación. Lo hacemos una vez, dos veces y a la tercera encontramos nuestro preconcepto unido a la certeza de que la persona que está sufriendo es culpable, inclusive porque regresa a la situación que la daña. Que se lo busca. Que lo provoca. Y nuestro inconsciente sigue en nuestra falsa seguridad, si nos ocurre algo, siempre va a ser nuestra culpa. Y los mitos en torno a la violencia con motivo de género lo reafirma. ¿Cuántas veces escuchamos las siguientes frases o también, cuántas veces las repetimos como un mantra de protección?

  • Un hombre no maltrata porque sí
  • Maltratadores y víctimas son personas de escasa cultura, bajo nivel de estudios y clase social desfavorecida
  • Los maltratadores son enfermos mentales, o tienen algún tipo de adicción
  • El maltratador ha tenido una infancia difícil, fue maltratado
  • La violencia de género es una cuestión solo de pareja
  • Si la mujer se queda, será porque en el fondo le gusta que la traten mal
  • Las víctimas de violencia de género son mujeres pasivas
  • Los asesinatos por violencia de género son casos aislados

DECONSTRUYENDO MITOS

Según las estimaciones de la OMS, alrededor de 1 de cada 3 mujeres ha sufrido violencia física y/o sexual por parte de su pareja o terceros en algún momento de su vida. Si incluimos las demás formas de violencia aceptadas por la misma Organización, las cifras se vuelven escalofriantes, el 85% de las mujeres consideran haber sido víctimas de alguna clase de violencia, encabezando el rating la psicológica, la económica, la institucional y la obstétrica. El dato más alarmante es que la mayoría de las mujeres lo tienen tan naturalizado que no reconocen como violencia lo que les ocurre.

Otra pregunta interesante para hacernos es ¿Qué construcción colectiva hacemos de lo que nos está pasando? Podemos destacar también que la franja etaria donde se encuentra más instalada la violencia es en la de mujeres jóvenes, que oscilan entre los 15 y los 24 años de edad, por lo cual podemos inferir que la violencia de género no es cosa del pasado, se encuentra más vigente que nunca y reproducida en todos los estamentos sociales y etarios.

Necesitamos entender que la violencia de género no responde solo a nuestros prejuicios adquiridos como sociedad, sino que atraviesa a todos los actores, voluntaria o involuntariamente. La violencia con motivos de género no solo tiene como víctimas a las personas que se perciben o son percibidas como mujeres. Necesitamos también tipificar las distintas violencias con razones de género correctamente, hombres, mujeres y no binarios son objetos de las mismas violencias que tienen una característica en común; la utilización de métodos violentos para vulnerar y doblegar, subordinar sistemáticamente a los actores que la reciben a los modos y métodos de la sociedad patriarcal reinante.

Se puede ser víctima de violencia de forma primaria (quien recibe la violencia) como también de forma secundaria; en este caso podemos nombrar el 60% de niños en Argentina son víctimas directas de violencia; es importante también que sepamos que los niños también pueden serlo de forma indirecta. Cuando ellos contemplan una agresión, se les relata el imaginario colectivo sobre la violencia y se los adoctrina con el “algo habrán hecho” los estamos volviendo víctimas secundarias y generadores o re-generadores de nuevas violencias. El niño o niña o niñez no binaria testigo de violencia naturaliza y recurre en acciones que considera cotidianas reproduciendo patrones género-odiantes y trasladando la culpa cuando es víctima de las mismas.

La violencia de género pone en manifiesto las relaciones de poder de unos sobre otros. Poder real o simbólico que establece la relación entre dominados y dominantes, entre fuertes y débiles. Binomio que atraviesa todos los ámbitos de relación humana y es parte de una construcción social y cultural reforzada con imágenes, conductas, y naturalizaciones que justifican y legitiman aquello que no es legal. Aquello que regresa a los seres humanos a una situación de propiedad o creencia de propiedad sobre otros que hoy nos resulta inaceptable. Sancionar, juzgar y desterrar dichas concepciones o como diría Foucalt “vigilar y castigar” es responsabilidad Estatal y política aunque como bien sabemos, el Estado somos todos en una República Representativa y lo personal también es político.

LA MÚSICA DE LA EMPATÍA

Si el malestar de género se ha hecho cultura, es necesario que revisemos, cuestionemos y deconstruyamos todas las concepciones e ideas arraigadas de manera profunda en nuestra sociedad. El primer paso es entender que no es “el otro” quien es víctima. Sino que todos podemos serlo. Que no hay razones lógicas que justifiquen la violencia.

La violencia vincular adquiere distintas características: física, emocional, sexual, negligente, económica, por motivos de odio y otras. Todas estas violencias son distintos rostros de un modo de vincularse donde hay alguien que se cree con poder o derecho al sometimiento de un otro; sin que ese otro tenga la culpa de ello aunque muchas veces se sienta culpable.

Es necesario que comprendamos que, de maneras peculiares, todos somos distintos y todos poseemos distintas capacidades de respuesta de supervivencia ante situaciones de violencia. Que el otro no actue como pensamos que nosotros actuariamos en su lugar, no lo hace malo, no lo hace tonto; simplemente lo hace otro. Y entenderlo sin juzgamientos es el principal paso para empatizar en las situaciones particulares que cada persona vive. La empatía es ponernos en el lugar de compañía y horizontalidad de vivencias; la antítesis a sentirse superiores y pensar que nuestro punto de vista es el válido, el razonable y que cualquier otra acción que no sea “autorizada” por nosotros es inválida. La acción de juzgar a las víctimas por sus reacciones, acciones posteriores o actitudes conlleva a una revictimización aun involuntaria por parte de su interlocutor. Esta revictimización los aleja y aísla de su entorno haciendo que sea aún más difícil romper con el círculo de la violencia.

EL ROL DEL ACOMPAÑANTE

El camino más difícil que iniciara la tarea del acompañante de víctimas de violencia de género es el interno. El camino de deconstrucción interna que lo llevará por sus propios preconceptos, estigmas y situaciones personales. Deshacerse de los preconceptos patriarcales y los estereotipos que todos cargamos. Desmontar la estructura de pensamiento, de acciones y de lugares comunes que traemos en nuestra sociedad ancestralmente. Generar en nosotros a través del pensamiento crítico, una mirada atenta y una voz secundaria que empodere y de voz absoluta a las víctimas y a sus sentires. El cambio de construcciones propias y paradigmas para repensar los modos, los vínculos y las necesidades de todos los actores, pero principalmente de las víctimas.

Como ya dijimos, el acompañante debe trabajar primero en sí mismo para ayudar a los demás, debe desarrollar actitudes positivas que lo acompañen en su quehacer, como por ejemplo:

  • Deben poseer reconocimiento en su comunidad (liderazgo positivo).
  • Perfil solidario y participativo, a la vez que reservado sin exponer a las víctimas.
  • Deben desterrar mitos y prejuicios sobre la problemática, ser comprensivos, brindar confianza a la persona en sí misma y en relación a la resolución del problema.
  • Es necesario que reflexionen sobre su quehacer, manteniendo siempre una actitud de escucha abierta y atenta.
  • El acompañante deberá trabajar con las potencialidades de la persona que sufre, lo que ella puede hacer remarcando sus aspectos más valiosos.
  • Nunca exponerse a situaciones riesgosas, y resguardar también a su entorno.
  •  El trabajar en equipo preserva a quien se compromete con la tarea, de los sentimientos que la misma podría movilizar: impotencia, angustia, miedo, frustración, omnipotencia, etc.
  • Aquellas personas que han vivido situaciones de violencia familiar y desempeñen la función de acompañante deberán especialmente apoyarse en el grupo de trabajo ya que a los sentimientos que esta problemática despierta se suma su historia personal lo que puede obstaculizar la tarea.
  • Recordar que el papel del acompañante es muy importante pero no puede sustituir a los centros especializados de atención

Para entender qué es ser acompañante, describiremos lo plasmado en el protocolo de actuación de los acompañantes de provincia de Buenos Aires a continuación:

  • Ser acompañante no es hacerlo solo. Las acciones de prevención deben realizarse a través de una organización grupal, en el barrio o en la localidad en la que usted vive.
  • Ser acompañante no es hacer por la persona/s sino ayudarla a tomar decisiones y generar defensas para su protección. Acompañar con la conciencia de que la protagonista principal es la persona que sufre violencia.
  • Siempre deben respetarse los sentimientos de la víctima. Cada persona tiene sus propios tiempos, apresurar acciones en esta problemática, puede llevar al fracaso de las mismas, reforzando el sentimiento de frustración.
  • El acompañante deberá conocer el funcionamiento institucional, en especial de las que atienden la problemática de violencia familiar.
  • El acompañante facilitará y orientará a la persona afectada a los centros de atención y otras instituciones según el caso lo requiera (comisaría, juzgados, fiscalías, etc.)
  • Ofrecerá un espacio de escucha, donde quien sufre pueda expresarse, contar lo que le pasa, saber que no está sola, alejándose de su aislamiento, lo que contribuirá con la desnaturalización del maltrato.
  • Ser acompañante, es alentar a quien padece en el proceso de “ salida» de la problemática. Dicho proceso conlleva el pasaje de ser objeto de violencia a ser sujeto de derecho. Transmitirle que no está sola y que siempre hay a quienes recurrir para encontrar ayuda.

Ser acompañante es que no basta mirar a una distancia tolerable el contenido angustiante de la sofocante sociedad patriarcal. Es convocar e involucrarnos desde nuestros hogares, nuestros trabajos y nuestras amistades para repensarnos como parte de esta trama que nos sostiene y nos retroalimenta. Es acompañar y compartir las experiencias para que todos salgamos mejores y que cada víctima reescribe su historia con sus hermanas conteniendo la, aceptandola y sanando, abrazando el cambio de paradigmas para romper así, con todos los conceptos y acciones que destruyen y envenenan los vínculos y que se llevan cada día la vida de miles de mujeres, niños, niñas, no binarios y trans solo por atreverse a sentir diferente.

Soledad E. Rivero

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