POR MARCELO COLUSSI:(*)
- El modelo capitalista es un desastre, no ofrece soluciones para las amplias mayorías. El sistema socioeconómico y político que rige en la inmensa mayoría de países, surgido hace no menos de cinco siglos, hoy expandido por todo el planeta y -fundamentalmente- expandido y profundamente establecido en las conciencias de casi toda la población mundial, es el capitalismo. En este momento, al lado de las experiencias socialistas que aún perduran, que claramente no están en expansión sino sobreviviendo en condiciones asfixiantes, se puede autopresentar como la expresión máxima del desarrollo, la prosperidad y la libertad humana. De todos modos, más allá de esa narrativa triunfalista propagada en forma exultante, su realidad es muy otra: mientras produce riqueza en forma ininterrumpida, la manera en que la distribuye crea, al mismo tiempo, infinita pobreza y malestar. En su forma de actuar atenta contra el medio ambiente y contra las poblaciones, siendo las guerras siempre un expediente que le permite perpetuarse. Su estructura misma, su más profunda forma de ser, imposibilita una modificación real que admita el goce de ese fabuloso desarrollo en iguales condiciones para todo el mundo. Por todo ello, sin temor a equivocarnos, podemos decir que es un desastre.

- El socialismo dio resultados positivos. El proyecto alternativo al capitalismo, el socialismo, se comenzó a construir en algunos puntos del mundo en el transcurso del siglo XX. Fueron relativamente pocos los países donde ello ocurrió, pero en todos se repitieron elementos bastante similares. Su objetivo básico es permitir el acceso de toda la población, sin ningún tipo de distinción, a los beneficios de la riqueza generada, poniendo el énfasis en una construcción social no centrada en la ganancia monetaria sino apuntando a la puesta en marcha de un nuevo modelo de relacionamiento, más solidario, más reconocedor y respetuoso del otro. No es el lucro, el beneficio pecuniario lo que lo define, sino el bien común, la edificación de una cultura de la solidaridad y del compromiso con el otro. Sus principios apuntan a que es la masa trabajadora, aquella que crea la riqueza social, la propietaria de la misma, por lo que se la debe distribuir equitativamente. En los pocos puntos donde se dieron esos procesos, hubo sustanciales mejoras en las condiciones de vida de sus poblaciones, con avances en todos los campos: salud, educación, ciencia, cultura, vivienda, deporte. Lejos de ser un paraíso -los paraísos no existen ni pueden existir-, sus logros en la equidad social dejan totalmente empalidecido al modelo capitalista.
- Las ideas de Marx no estaban equivocadas. Las formulaciones hechas por Carlos Marx al estudiar a profundidad la estructura del modo de producción capitalista no estaban erradas. Por el contrario, cada una de sus afirmaciones, siempre con profundo carácter crítico-analítico, se han evidenciado fecundas, correctas. Sus detractores, que lo atacan por todos los flancos desde hace más de un siglo, no alcanzan a desmentir las verdades reveladas al investigar a fondo el capitalismo. El espíritu tremendamente destructor del mismo ha quedado demostrado en numerosas ocasiones: reprime en forma sangrienta la protesta social, fomenta un consumismo voraz atentatorio contra el planeta por la irracional sobreexplotación de recursos, genera guerras al por mayor. Junto a ello se articulan otras injusticias como el patriarcado y el racismo, que le son funcionales. Además, el concepto establecido por Marx de lucha de clases como motor de la historia permite entender sin cortapisas los movimientos reales de las sociedades. Pese a que la derecha lo intente declarar fenecido, el pensamiento marxista sigue siendo de una vigencia total, destruyendo con argumentos irrebatibles la mentirosa narrativa capitalista. Cuba no cae por socialista; cae por los infames embates de la principal potencia capitalista, que ve en la isla revolucionaria un “mal ejemplo” para el resto del mundo.
- Pero la construcción del socialismo que tuvimos plantea interrogantes (quizá dudas). ¿Socialismo en un solo país?: no. A partir de las ideas forjadas por Marx que dieron lugar al socialismo científico durante el siglo XIX, grupos revolucionarios impulsaron en el ámbito político procesos que las mismas masas iban llevando adelante, como reacción espontánea a las injusticias indecibles que el capitalismo genera. Esas movilizaciones, oportunamente conducidas por vanguardias nutridas con esos ideales de cambio, permitieron las revoluciones socialistas que se dieron en el transcurso del siglo XX. En todas ellas se produjeron grandes cambios favorables a la masa trabajadora, pero con el correr de los años, todos esos procesos evidenciaron falencias, empantanamientos, se perdieron el ritmo y la mística de los inicios. En general, con características peculiares en cada lugar, pero siempre repitiéndose similares patrones, las vanguardias políticas fueron transformándose en burocracias. De algún modo, pasaron a ser nuevos estamentos sociales privilegiados, y el ímpetu de los primeros años se lentificó. La experiencia ha venido demostrando que la construcción del socialismo en un solo país abre interrogantes, pues bastante fácilmente se recae en valores capitalistas. Ello no refuta las ideas de Marx, pero plantea las preguntas (o dudas); de cómo seguir profundizando los cambios luego del momento insurreccional, que pareciera tienden a estancarse. Las experiencias habidas imponen forzosamente revisar, con criterio crítico-constructivo, lo acontecido en esos primeros pasos, no para condenarlos por inviables, sino para permitir que sigan siendo posibles, y de darse, se fortalezcan y lleven a una nueva sociedad global edificada sobre la justicia y la solidaridad.
- Nueva arquitectura del mundo. China en disputa por la hegemonía global. Para fines del siglo XX, por una sumatoria compleja de factores, los avances de los países donde se venía construyendo una opción socialista, caen. El golpe más fuerte que recibió el campo popular global y las izquierdas en general, fue la desintegración de la Unión Soviética. Eso desarticuló luchas y enfrió severamente los ideales de cambio social. Junto a ese elemento, indispensable para entender la historia actual y esta dificultad para encontrar los caminos de las transformaciones revolucionarias, para entender esta creciente derechización que hoy día se vive, cuenta también el proceso de retorno a mecanismos capitalistas operando en la República Popular China. Ahí, luego de la muerte de Mao, se viene construyendo un socialismo híbrido, con una mezcla muy sui generis de vocabulario marxista y estrategias del más rancio mundo de la libre empresa. Estados Unidos, la gran potencia capitalista que quedara como hegemón mundial indiscutible luego de la Segunda Guerra Mundial, ha visto desacelerar su empuje de décadas atrás, y su economía da signos de agotamiento. En esa nueva dinámica, China ha ido creciendo en forma vertiginosa, y hoy disputa la hegemonía global. Sin buscar un enfrentamiento militar, está destronando al país americano de su sitial de privilegio, mostrando una pujanza imparable, superando ya a todos en su desarrollo científico-técnico, lo que se trasunta en su presencia comercial dominante. Su ideario, aunque mantiene un discurso socialista, no apunta a reemplazar el capitalismo global como sistema. Si bien otorga beneficios a su inmensa población, no representa un faro para las luchas obrero-campesinas en el resto del globo. La revolución socialista en todos los países que no son China, no encuentra ahí un referente válido, por lo que la actual arquitectura del mundo no parece dejar espacio a auténticas vías socialistas.
- Geopolítica: ¿y la lucha de clases? El mundo actual, siguiendo la explicación formulada por Marx, por esa ciencia que se llama materialismo histórico, en términos de dinámica social se mueve por la siempre presente lucha de clases. Eso no ha desaparecido, ni puede desaparecer. Sin embargo, sucede que quienes detentan hoy el poder, un poder casi absoluto, omnímodo, son los capitales. La gran masa trabajadora planetaria, toda aquella persona que vive de su esfuerzo, que no es propietaria de los medios de producción, está vulnerada, muy manipulada, deliberadamente confundida por la hegemónica ideología dominante (votando por candidatos neofascistas en las elecciones). De ahí que se haga tan difícil retomar las banderas de lucha levantadas décadas atrás que posibilitaban pensar honestamente en propuestas socialistas, para ir más allá del sistema capitalista. De todos modos, la forma que ha ido tomando la sociedad global pareciera haber sacado de circulación este concepto fundamental para la lucha. Hoy se asiste a luchas parciales, compartimentalizadas, sin dudas muy importantes en sí mismas, pero que desligadas unas de otras y sin articularse con la cuestión de clase, no logran impactar y demoler el sistema. En todo caso, ayudando a mejorar condiciones (combatir el patriarcado, el racismo, la homofobia), no terminan de tocar el corazón mismo del modo de producción. A lo que asistimos hoy como movimiento predominante es a una lucha geopolítica entre grandes grupos de poder, en disputa por la supremacía global, pero sin que ello signifique un paso real al socialismo. Así tenemos a Estados Unidos y la Unión Europea, convertida en su ayudante, es decir: el área dólar, por un lado, versus los BRICS+, por otro, capitaneados por China y Rusia, como un área que busca la desdolarización. El campo popular mundial mira este enfrentamiento entre poderosos sin tener participación en la gigantomaquia. Esto no augura una mejora real en las condiciones de vida de las grandes mayorías populares.
- Una revolución socialista en un solo país: difícil. No se puede repetir lo de Rusia de 1917. La Rusia zarista, en el medio de la Primera Guerra Mundial, produjo la primera revolución obrero-campesina de la historia. Las condiciones en que se dio fueron únicas, pues ningún proceso político-social puede repetirse igual en otro contexto. De todos modos, ese momento fue un faro para la clase trabajadora mundial, y allí se inspiraron posteriormente numerosas luchas. El contexto global ha cambiado muchísimo desde aquel entonces, y el retroceso experimentado en los diversos procesos socialistas habidos ha permitido a las derechas mostrar -deliberadamente y con muy mala intención- los “fracasos” de esas propuestas. La experiencia evidenció, igualmente, que la construcción del socialismo en solitario abre serias dudas, pues las experiencias acaecidas no terminaron muy bien. Ello, de ningún modo, inhabilita el pensamiento revolucionario y transformador que se desprende de los postulados de Marx y Engels, enriquecido luego por Lenin y diversos pensadores que aportaron elementos nuevos (Trotsky, Mao, Ho Chi Minh, Luxemburgo, Gramsci, Mariátegui, Sankara, Lumumba, Castro, Guevara, Santucho, Borón, etc.). Al mismo tiempo, la experiencia soviética, la principal fuente donde abrevar, impone establecer lecturas críticas de lo allí ocurrido, para no repetir similares errores. El proyecto chino lo está haciendo con profundidad, por lo que sus cambios le permiten ampliarse, no repitiendo la implosión sufrida en la Unión Soviética. Pero ello mismo abre una pregunta angustiante para la clase trabajadora mundial: ¿no hay otro camino, al menos en principio, que un socialismo con libre empresa y mecanismos de mercado? ¿Siempre, irremediablemente, se repite una burocracia que se termina transformando en una suerte de nueva clase propietaria?
- Un mundo no-occidental y no-estadounidense: ¿la única opción? Hoy, siendo absolutamente sinceros y autocríticos, no se ven claros los caminos para dejar atrás el capitalismo. Esto no significa que ello nunca vaya a ser posible; lo constatable es que hoy, tercera década del siglo XXI, las cosas no caminaron como se esperaba, pues los socialismos reales, además de gloriosos triunfos irrebatibles, dieron marcha atrás en estos últimos años. El ideario socialista, siempre inspirado en las investigaciones de Marx y Engels, no está desaparecido, y mucho menos superado. Sucede, sin embargo, que la experiencia socialista más sostenible -más allá de todas las críticas que se le puedan y deban hacer- es la china. No es ese el modelo a replicar en otros países que intenten su emancipación de las cadenas capitalistas; no lo es porque allí se vive un socialismo sui generis, con más elementos capitalistas que socialistas. Pero, ahí está la paradoja, es la fuerza más grande que se le está oponiendo al sistema occidental, y en especial, a Estados Unidos. La República Popular China, articulándose con la Federación Rusa y otras economías emergentes, está impulsando el proyecto BRICS+. Está claro que esa no es una propuesta socialista; si algo busca, es la desdolarización del circuito económico global, manejado todavía por Estados Unidos y la imposición forzosa de su moneda. Todo indica que se va camino a ello; la gran potencia americana está perdiendo su supremacía -sin estar mortalmente derrotada-, mientras que Europa ya no es el “centro del mundo”, como lo fue siglos atrás. Washington perdió deshonrosamente su última guerra con Irán, y eso muestra el indefectible comienzo de su fin como gran imperio hegemónico. Sus problemas domésticos se acumulan, y los escenarios a futuro pueden mostrar sorpresas: un pueblo ya harto de penurias que reacciona y produce una revolución con características socialistas quizá, o la secesión de varias provincias, con lo que la unidad monolítica de los 50 estados se resquebrajaría. Todo indica que Estados Unidos no está siendo derrotado por las armas de sus rivales, sino por una implosión de su propia avidez, que lo llevó a contraer megadeudas apocalípticas, imposibles de pagar. Esto traería una recomposición geopolítica, que no significa un paso, siquiera un acercamiento, al socialismo. Sería, eventualmente, un mundo menos sanguinario (sin 800 bases militares diseminadas por los cinco continentes para defender las nuevas monedas), pero no necesariamente más justo, donde el pobrerío toma el poder.
- ¿Habrá áreas de influencia negociadas entre las potencias? Al no encontrase los caminos para la transformación revolucionario hacia el socialismo, y al ver el modelo capitalista que ha cubierto prácticamente todo el globo, con un primer glorioso Estado obrero-campesino que vuelve al libre mercado y una China socialista que habla de un socialismo de mercado, pareciera que no quedan espacios reales para propuestas de cambio. Ello puede llevar a pensar -no lo afirmamos aquí, como cierta izquierda lo hace, pero dejando abierta esa pregunta, muy inquietante, por cierto- si no habrá negociaciones de alto nivel entre las tres grandes potencias que hoy se erigen: Estados Unidos, China y Rusia. Es imposible afirmarlo categóricamente, sin ninguna evidencia clara. Decirlo es producto de una deducción, de un puro ejercicio intelectual. No obstante ello, lo cual podría tomarse como mera especulación, quizá no falta de un tufillo paranoico, el razonamiento tiene sentido. De esa cuenta, la potencia norteamericana se quedaría con su tradicional patio trasero: todo el subcontinente latinoamericano y las islas del Caribe, en una actualización y profundización de la tristemente célebre Doctrina Monroe de 1823 (“América para los americanos” … del Norte). La invasión a Venezuela de enero del 2026 y el despiadado ataque a Cuba, ahondando el bloqueo buscando el cambio de modelo económico y político, sin el pestañeo de China y Rusia, podría indicar esa presunta repartición. China actuaría en el sudeste asiático, y la isla de Taiwán -el principal productor mundial de semiconductores- sería sacrificada por Wahsington, sirviéndosela en bandeja a Pekín. Rusia, por su parte, se quedaría con el área del Asia Central, su tradicional zona de influencia, incluida Ucrania. No queda claro si habría desarrollos económicos conjuntos, pero podría ser en el caso del Ártico, rico en petróleo, gas, minerales estratégicos y pesca. Insistamos: como mortales de a pie sin acceso a información reservada, ultrasecreta, esto no pasa de especulación. Pero sabiendo que en 1945 hubo una Yalta, nada impide pensar que pueda haber algo parecido hoy día. De ser así: ¿queda espacio para la revolución socialista?
- Hoy no se ven caminos, el sistema no tiene salida, pero quizá los cambios no serán como se pensaban antes. Está claro que el sistema capitalista es inviable para la gran mayoría planetaria. En todo caso, lo que tenemos es un mundo que produce cada vez más riqueza, y al mismo tiempo, mayor pobreza, mayor cantidad de excluidos. Los años dorados de la post guerra de 1945 con un capitalismo con rostro humano quedaron definitivamente atrás. Pero aunque los problemas se multiplican y las guerras son cada vez más numerosas y mortíferas, el sistema ha ido encontrando siempre los antídotos para sobrevivir. La propuesta socialista, que teóricamente sigue siendo la mejor opción para las grandes mayorías, después de las experiencias vividas no se evidencia como el camino más fructífero, y los mismos pueblos parecieran descreer de ella. La prueba está que las fuerzas de izquierda, en vez de crecer -como fue en la primera mitad del siglo pasado-, decrecen y no tienen mayor impacto. Ante este panorama, y retomando lo ya vivido en años anteriores, es posible que un cambio revolucionario no se dé de la misma manera en que tuvieron lugar los procesos ya conocidos, con insurrecciones populares, dirigidas por grupos con ideología marxista, y en general con el uso de la fuerza armada. Sin dudas, son imprescindibles cambios estructurales, pero el sistema, que pareciera “sabérselas todas”, no da lugar. Ante eso pueden surgir escenarios impensados: bloques de países que construyen alternativas (como lo que está sucediendo en el Sahel), irrupciones en el capitalismo global de hackers con conciencia de clase que trastocan las cosas, países que van siguiendo los pasos del socialismo capitalista de China como la vanguardia en las transformaciones sociales (¿lo que están haciendo Laos, Vietnam y Corea del Norte?, ¿lo que podrá empezar a hacer Cuba?).
- ¿Se destruirá todo antes? Necesitamos seguir teniendo esperanzas. Tal como están las cosas en este momento, con un capitalismo feroz, ahora en su versión neofascista y siempre imperialista, con supremacismos xenofóbicos a la orden del día y con propuestas de izquierda que no crecen, las condiciones para el campo popular no parecen muy promisorias. El modo de producción y consumo, está más que claro, no tiene salida. Pero tampoco cae. Por el contrario, ahora puede mostrar -de modo artero, engañoso y con la peor intención- la “derrota” del socialismo (ahí está Cuba languideciendo, producto del interminable bloqueo). Sin embargo, el capitalismo es un absoluto desastre. Por dos motivos ese sistema puede significar la destrucción de la humanidad. Por un lado, por la catástrofe ecológica que ha producido, dado su enloquecido empeño en no detener nunca la acumulación de capital, lo que lleva inexorablemente a seguir produciendo cada vez más, obligando a consumir lo producido para mover los inventarios, pero a costa de una depredación sin par del medio ambiente. Eso, en forma lenta, puede llevar a la inhabitabilidad del planeta. Junto a ello, y como otra posibilidad de extinción de toda forma de vida en la Tierra, para el caso mucho más fulminante, el desarrollo científico-técnico llevó a la creación de armas de destrucción masiva a partir de la energía nuclear, respondida especularmente por las potencias antihegemónicas (la Unión Soviética en su momento, ahora Rusia como su continuidad, y la República Popular China), con lo que se llegó a un escenario apocalíptico, donde el uso de ese armamento traería la desaparición completa de la humanidad. Existe la posibilidad real de un fin abrupto de la civilización humana. El socialismo, aún con todos sus errores y puntos a revisar, es una apuesta por la vida. En estos momentos de oscuridad para la causa de la transformación revolucionaria, nos debe seguir guiando la esperanza. Eso no es ingenuidad -como sí lo son, por ejemplo, las religiones, basadas en puras ilusiones-, sino una fuerza activa que hace pensar, con total convicción, que aunque en este momento no se ven claros los caminos, el sistema nos lleva a la perdición, al colapso. Como dijo el jesuita de izquierda Xabier Gorostiaga: “Quienes seguimos teniendo esperanza no somos estúpidos”.
- Los llamados “progresismos” no constituyen un camino revolucionario. Gobiernos en el marco del capitalismo con propuestas medianamente progresistas se han dado muchos. Las socialdemocracias europeas, aunque en general no se las suele considerar así, son eso. El término progresista se ha usado, en todo caso, para propuestas políticas en el Tercer Mundo que, sin abandonar la institucionalidad burguesa capitalista, promueven algunas reformas, útiles para el campo popular, pero que no alteran en definitiva su situación de clase explotada. Luego de las sangrientas dictaduras implementadas por Washington en toda Latinoamérica para frenar el auge del “comunismo”, más la aparición de los proyectos neoliberales que fragmentaron y enfriaron muy profundamente las luchas populares, la aparición de discursos “progresistas” a principios del siglo XXI, en buena medida motivados por los cambios ocurridos en Venezuela bajo el liderazgo de Hugo Chávez, se asistió en buena parte de los países de la región a gobiernos con esas características. Hubo luego un renacer político de las derechas, y posteriormente nuevos intentos de progresismos. Lo cierto es que, más allá de algunos interesantes cambios que no tocan la estructura de propiedad, esas propuestas no se pueden mantener. Si intentan ir más allá de lo que el sistema les permite, son quitadas; antes se lo hacía con golpes de Estado cruento, hoy día con “revoluciones de colores” y guerra jurídica. Incluso hay visiones en la izquierda que apuntan a que esos gobiernos progresistas no son verdaderos avances, sino que pueden representar un peligro, pues traen aparejados luego la reaparición vengativa de propuestas de ultraderecha (“socialismos empresariales”, como alguien les llamó, o “capitalismos serios”. ¿Estamos ante un chiste de mal gusto?). Sin poder afirmar que este retorno de los neofascismos sea siempre así, estamos claros que “capitalismo de rostro humano” no deja de ser capitalismo.
- ¿Somos tan bobos en las izquierdas actualmente que no podemos reaccionar? ¿Qué estamos haciendo tan mal? Remarquemos que está dicho en primera persona plural; es decir: me incluyo, soy parte del “nosotros”. Lo presento así porque existe cierta tendencia a decir “la izquierda” no sabe por dónde ir, “la izquierda” está algo perdida y sin rumbo, expresándolo en tercera persona, lo cual excluye de la enunciación a quien lo enuncia. ¡Garrafal error! Si eso sucede -el que quizá estemos perdidos, sin un norte claro, sin propuestas convincentes que impacten en la gente- no es cuestión de “otros”, lo cual nos eximiría de la autocrítica. Todas y todos quienes nos asumimos como gente de izquierda -más allá del debate que esa caracterización deba abrir: ¿qué significa hoy ser de izquierda?- estamos forzosamente incluidos en esta debacle que vivimos en el campo popular y en sus expresiones de lucha. Hay que reconocer -tonto, o suicida, sería no hacerlo- que desde la desintegración del campo socialista europeo y la caída de la Unión Soviética, las izquierdas del mundo quedamos algo, o muy, huérfanas. Esto no significa un inmediato y mecánico ensalzamiento de lo que en el primer Estado obrero y campesino se fue gestando. Sin dudas el capitalismo de Estado que allí se erigió abre muchas interrogantes, muchas necesarias revisiones y autocríticas. No para quedarse con la simplista -y peligrosa- lectura que identifica esa experiencia con un fracaso (y que Stalin fue igual que Hitler), tal como lo pretende la derecha (o incluso cierta izquierda). Si en las distintas revoluciones socialistas habidas en la historia del siglo XX, muy pocas por cierto, siempre se repitió este retorno a modelos capitalistas, con burocracias que se fueron constituyendo en nuevas virtuales clases sociales separadas de la clase trabajadora -más allá de un discurso supuestamente revolucionario, pero anquilosado y manualesco en definitiva, sin aportar nada nuevo en la construcción de alternativas emancipadoras-, si siempre se dieron, en mayor o menor medida, esos procesos de recaída en prácticas corruptas y deslumbramiento, más o menos escondidos, o no, por los logros de la empresa privada y sus oropeles, ello debe abrir un sano debate. No para negar las posibilidades de una sociedad post capitalista, sino para preguntarse muy autocríticamente -y con metodología de análisis científico, no cayendo en voluntarismos moralizantes- por las dificultades de construir realmente algo nuevo. Lo que está claro es que una actitud de crítica social, contestataria, de visión anticapitalista y de insurrecta rebeldía generalizada, tal como hubo tiempo atrás, ya no existe. La población en su conjunto, pero fundamentalmente la juventud, fue siendo llevada a una cultura digital donde la pantalla lo dice todo. Y lo dice de tal modo, que logra infinitamente más la atención un/una influencer con un mensaje banal que una propuesta combativa bien estructurada. Nos preparan cada vez más para ser acríticos, consumistas y anestesiados. ¿Tendremos que utilizar las mismas armas del sistema? Es decir: ¿mentir, manipular, tergiversar, mandar bombas ideológicas estigmatizantes, preparar para el adormecimiento y la estupidización? Por supuesto que no, radicalmente no. La derecha las usa sin la más mínima vergüenza; pero ello no nos autoriza a caer en esas falacias, esos manejos tan cuestionables. La ética de las izquierdas no puede ir por allí. El gran problema que se nos plantea es cómo difundir nuestras ideas, cómo motivar el pensamiento crítico, cómo ayudar a organizar la insurrección anticapitalista. Eso es lo que, justamente, el gran capital se ha cuidado muy bien de aplastar. Mueve infinitamente más gente una estrella deportiva, un telepredicador o algún determinado personaje mediático que un mensaje de denuncia político-social. ¿Nos estamos equivocando nosotros, como izquierda, o son despiadadamente más maléficos en la derecha y nos han tomado mucha ventaja? Golpearse el pecho y decir simplemente que lo estamos haciendo mal, autoculpándonos del retroceso, no nos lleva a ningún lado.
- ¿Qué opciones reales existen hoy? El capitalismo, como sistema global, ha tomado la iniciativa en la lucha política y nos ha dejado con cierta (mucha) orfandad en la búsqueda de caminos. Esto no significa, en modo alguno, que hayamos perdido las esperanzas en un cambio revolucionario de sistema y que reneguemos del ideario socialista. El capitalismo, como nada en el mundo, es eterno. Sucede, sin embargo, que no se encuentran claramente los caminos que posibiliten ese salto para ir hacia el socialismo, una sociedad de igualdades. Muchas, o todas, las sendas anteriormente recorridas, han quedado obturadas. La lucha sindical, primera gran afrenta al sistema, lentamente ha venido siendo cooptada por un pensamiento de derecha, a lo sumo reformista, pero que paulatinamente fue dejando atrás la lucha de la clase trabajadora, transformándose en una “oligarquía obrera”, entregada a las patronales, burocratizada, y sin posibilidades ciertas de impactar y llevar al colapso del capital. La lucha armada, que consiguió históricos triunfos el siglo pasado (además de Rusia y China, apuntemos movimientos guerrilleros triunfantes con orientación marxista en Vietnam, Corea del Norte, Laos, Cuba, Nicaragua, Angola, Etiopía, Mozambique, Yemen del Sur), hoy día se muestra agotada. Ello, por tres motivos: por un lado -quizá el principal-, el grado de desarrollo de las tecnologías militares acaecido en el mundo, básicamente en las potencias capitalistas, tornó obsoleta la lucha guerrillera clásica. La disparidad en capacidad de fuego entre ambos contendientes -con predominio de las fuerzas capitalistas, se entiende- se hizo tan amplia que hoy, muy difícilmente un movimiento armado que actúa en la profundidad de las montañas, o eventualmente como guerrilla urbana, pueda colapsar a un Estado capitalista. Los algoritmos, los satélites geoestacionarios con cámaras de altísima resolución y toda una inmensa parafernalia bélica de refinada tecnología hacen inviable una guerra como la conocida décadas atrás, con posibilidades reales de triunfar. Por otro lado, dada la monumental prédica mediático-ideológica que impulsó el sistema durante décadas, logró ir borrando el espíritu revolucionario/contestatario en las masas -como se dijo, quizá sarcásticamente, “hoy el ciudadano término medio está más cerca de Homero Simpson que del Che Guevara”-, por lo que hoy un grupo guerrillero no tendría la seguridad de una sólida base social que lo acuerpe. Junto a ello, en este momento no hay una retaguardia estratégica y fuente de financiamiento, como fue la Unión Soviética en su oportunidad (China no lo ofrece), lo que complica tremendamente esa posibilidad. La lucha en el plano de la democracia burguesa, sin salirse de los marcos capitalistas, no lleva a ningún cambio real. Existe una corriente de pensamiento llamada aceleracionismo, que sostiene -tal vez ingenuamente- que, en lugar de intentar frenar o resistir al capitalismo y al desarrollo tecnológico, la vía para un cambio radical en el mundo es promover ese desarrollo al extremo, acelerarlo cada vez más, lo cual llevaría a provocar el colapso del modo de producción capitalista. De algún modo cercano a este planteamiento se encuentra el movimiento hacker que, casi como travesura, con un aire transgresor, intenta boicotear la institucionalidad capitalista. Pero esas dos últimas tendencias mencionadas no parecen realmente sustentables; no pasan de especulaciones académicas, sin impacto real en las grandes masas planetarias. Podría pensarse, casi con aire peliculesco, que un holocausto nuclear daría la posibilidad, a los pocos que sobrevivirían, de comenzar de nuevo, con el bagaje de conocimientos hoy disponible, y que allí se podría construir un paraíso de iguales. Estamos allí solo ante elucubraciones algo -o muy- fantasiosas, alejadas de la comprensión real de la dinámica histórica de nuestra especie. Una lectura, para el materialismo histórico equivocada, es la que propuso Lacan con su propuesta del discurso Amo: “Las masas siempre tienen necesidad de un amo”. Entender el fenómeno sociohistórico en clave psicoanalítica tampoco lleva muy lejos ni da pistas para modificar el estado de empobrecimiento en que vive el 85% de la humanidad. La opción para cambiar este escenario continúa siendo la organización popular y la creación de cuadros preparados para la lucha, propiciando la insurrección revolucionaria. Ello, ya lo dijimos, nos confronta con un gran problema, pues la conciencia de clase ha sido anestesiada (recuérdese lo dicho por aquel joven: “Es cool ser fascista”). Ahora bien: que los caminos sean difíciles no significa que no sean posibles. Cerremos con aquellos inmortales versos de Machado: “Caminante, no hay camino: se hace camino al andar”.
(*)Psicoanalista argentino radicado en Guatemala:
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