Que la calle nunca calle (¿y el socialismo para cuándo?)

ACTUALIDAD POLITICA INTERNACIONAL

POR MARCELO COLUSSI: (*)

Si no hay poder popular, no existe socialismo.

Caridad Massón Sena

En lo que parecía una revolución socialista, lo cual abrió grandes expectativas en todas partes, la Venezuela bolivariana con Hugo Chávez a la cabeza termina siendo un grotesco protectorado de Estados Unidos (¿estado número 51?), con uno de sus principales dirigentes que dice, sin pelos en la lengua, que “se acabó el socialismo y se va abiertamente hacia una economía de mercado”. Cuba, la heroica isla que construyó un envidiable modelo socialista, luego de resistir los monstruosos embates del imperio durante más de seis décadas, es postrada a un grado casi humillante (embargo petrolero, dificultad para conseguir alimentos y medicinas), y se debate entre aceptar la oferta de “ayuda humanitaria” -con el director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), John Ratcliffe, reuniéndose en La Habana con algunos de sus líderes ¿imponiendo condiciones?- o la invasión militar. ¿Dónde va quedando el socialismo en el mundo?

Rusia, que diera el primer salto revolucionario hacia el socialismo en la historia, pasa a ser un país capitalista, con los antiguos dirigentes comunistas convertidos en los nuevos empresarios multimillonarios, mientras un asesor -y archimillonario- le dice al oído al presidente Putin que “por nada del mundo se debe volver a 1917”. China, Laos y Vietnam desarrollan modelos de “socialismo de mercado”, con fuerte inversión extranjera (de empresas capitalistas), y fomentando particulares economías de mercado bajo control de Partidos Comunistas, aceptándose los millonarios con Rolls Royce. Engendro algo complejo de entender, por cierto. ¿Socialismo con consumo suntuario? Complicado, sin dudas.

La Nicaragua sandinista, con su gloriosa revolución de 1979 y el intento de construir un “paraíso” fuera del asedio norteamericano, es hoy una compleja sociedad absolutamente alejada del socialismo, manejada con totales criterios empresariales, con presencia del FMI y una dirigencia que emula no a Sandino sino, en todo caso, a Somoza.

Rusia y China, actualmente grandes potencias en lo económico y lo militar, miran para otro lado ante la sangrienta masacre del pueblo palestino, al igual que ante el miserable bloqueo energético a Cuba; pareciera que solo se interesan por su propia sobrevivencia. ¿Se habrán repartido áreas de influencia con Washington?: Moscú y las repúblicas periféricas del Asia Central, China ciertos sectores del Asia incluyendo Taiwán, su hoy “provincia rebelde” (y principal productor mundial de semiconductores). Pero entonces ¿y el socialismo?

Los otrora partidos comunistas del mundo, siempre vinculados a la Unión Soviética, en su gran mayoría, si todavía existen, se han convertido en fuerzas socialdemócratas. Y muchos de los antiguos movimientos de acción armada, transformados en partidos políticos dentro de la institucionalidad capitalista, no pasan de pobres rendimientos electorales, sin mover masas, muy lejos de ser vanguardias en la lucha revolucionaria. Si en algún caso llegan a la presidencia, apenas si tienen agendas tibias que no modifican un ápice las estructuras socioeconómicas de sus países. ¿Habrá que olvidarse de las revoluciones y el socialismo? ¿“No hay alternativa”?, como dijo la mandataria de la parasitaria monarquía hereditaria dizque democrática del Reino Unido, la Dama de Hierro Margaret Thatcher.

La actual alianza China-Rusia, con la inclusión de otros países formando los BRICS+, representa una propuesta ante el imperialismo estadounidense, pero no pasa de acuerdo palaciego, cupular, que busca la desdolarización de la economía global, aunque sin superar el capitalismo. Recordemos, como dice la cubana Caridad Massón Sena, que “Si no hay poder popular, no existe socialismo.

La izquierda tradicional se encuentra desarticulada. Ha mostrado total incapacidad para -al menos- explicarles a los pueblos lo que ocurre, mucho menos para señalar una ruta válida para enfrentar y superar esta situación. Los mecanismos existentes hasta ahora han demostrado total inoperancia, paralizados por actitudes pusilánimes, dubitativas y hasta cobardes. Se hace necesario articular una propuesta de largo plazo que elabore y establezca pautas, instrumentos, metodologías y formas de actuar en esta situación que no es favorable para los pueblos”(Rodríguez Gelfenstein: 2026),

afirma rotundo Sergio Rodríguez Gelfenstein. Es cierto. Pero, ahora bien: ¿somos tan tontos (y quizá, sin dudas, incapaces, pusilánimes, dubitativos, inoperantes y cobardes) que no podemos encontrar el rumbo? Tal vez la respuesta es un poco más compleja. Sin la menor duda que las izquierdas hoy no están -¡digámoslo en una rotunda primera persona!-, no estamos conduciendo a las masas del mundo hacia la revolución socialista. Ello es más que evidente, y debemos hacer un muy honesto reconocimiento de ello. Pero no para quedarnos golpeándonos el pecho con un sufrido -e inoperante- mea culpa. La cuestión es que -seamos realistas- nadie sabe hoy a ciencia cierta cómo construir esa alternativa.

Con perspicacia -quizá con un dejo de talante paranoico- alguien dijo al inicio de la pandemia de Covid-19 en los primeros meses del 2020, cuando comenzaban los confinamientos y toques de queda, y en muchos casos con ejércitos custodiando las calles, que la maniobra en juego era fabulosa, pues “sin disparar un solo tiro lograron desactivar todas las manifestaciones del 2019”.

Todo lo acontecido con la crisis sanitaria permite interminables análisis. Por supuesto, ya se han hecho, y seguramente se seguirán haciendo, pues habrá elementos que dan para continuar investigando con profundidad, dado que algunos de ellos no dejan de ser sugestivos. La militarización que se vio en un inicio de la pandemia obliga a preguntar si eso era necesario. No olvidemos, sin embargo, que en el primer año de esa catástrofe sanitaria murió más gente por siniestralidad laboral -falta de medidas de seguridad básicas- que por efecto del dañino virus. Quizá se infundió un miedo excesivo, con soldados patrullando (¿y los leones que soltó Putin en las calles de Rusia?) más militarizados toques de queda. Tal vez no había otro modo de mantener a las poblaciones en sus casas. Pero no deja de ser sugestivo todo el revuelo; de ahí que la presunción indicada más arriba tiene sentido. Por lo pronto: las movilizaciones del año anterior al inicio de la crisis del coronavirus se esfumaron como por arte de magia.

Lo cierto es que, por un momento, la efervescencia que se había dado en el transcurso del 2019 bajó repentinamente. Diversos países en todos los continentes se habían movilizado en ese año, con masivas concentraciones populares, logrando distintos objetivos: se derrocaron presidentes, se derogaron leyes, se abrieron asambleas constituyentes, se insufló esperanzas en las luchas populares. En Latinoamérica explotaron Chile, Colombia, Ecuador, Haití, Honduras. En el continente asiático se registraron masivas movilizaciones en Irak, El Líbano, India, Indonesia. Otro tanto se dio en África con Egipto, Argelia, Sudán, todos en masivas protestas populares. Europa se vio movilizada igualmente en Francia con los chalecos amarillos, en Catalunya (España), Alemania, Italia, en República Checa.

Evidentemente todo ese descontento generalizado de las poblaciones del mundo tiene causas bien evidentes, concretas e identificables: el sistema capitalista es el origen de las penurias históricas en que viven las grandes mayorías populares, potenciadas en forma monumental por los planes neoliberales (capitalismo salvaje sin anestesia) que se vienen aplicando desde hace cinco décadas en todo el mundo.

Todas esas explosiones de profundo malestar que se vieron en el 2019 son un indicativo de que el capitalismo no ofrece salidas, y que las políticas fondomonetaristas son un cáncer maligno para las poblaciones, peor que cualquier germen patógeno. Decir que el neoliberalismo fracasó es incorrecto pues, como acertadamente expresa el economista argentino Julio Gambina:

Nunca ha sido la “progresividad” el objetivo de la política económica en el orden capitalista. El objetivo histórico apunta a la producción de valor y plusvalor, de ganancia y acumulación, de valorización del capital invertido para una acumulación ampliada que asegure la dominación del capital sobre la sociedad en su conjunto” (Gambina: 2021).

A los capitales, sin duda, les va muy bien. En ese sentido, el neoliberalismo no ha fracasado.

Pero estas políticas sí dejaron postrada a cada vez más gente, condenándola a salarios crecientemente más bajos renunciando a históricas conquistas del siglo XX, sin servicios públicos -porque todo se privatizó- y en el medio de una marea de libre mercado que solo beneficia a grupos minúsculos, que exhiben sus riquezas de modo ostentoso, rayano en lo impúdico -yates de 100 millones de dólares, mientras muchos mueren de hambre-, habiéndose logrado la desmovilización de la protesta. En esa lógica, tal como lo dice Rodríguez Gelfenstein, y más aún con la caída de la Unión Soviética, es real que las izquierdas quedamos huérfanas, sin impacto real en las poblaciones, sin propuesta clara en la mano. Es por ello, ante el triunfo apabullante de esas iniciativas para archimillonarios y de represión de los bolsillos -la de los cuerpos ya se había hecho antes- que en el 2019 se desató esa fiebre mundial de alzamientos espontáneos. Definitivamente: ahí está el camino. Las redes sociales no pueden cambiar nada, más allá de divertirnos un poco; los cambios sociales no se hacen en espacios virtuales sino en los reales, poniendo el cuerpo.

Luego de ese incendio del 2019 llegaron los confinamientos. Dicho así, de ningún modo estamos haciéndonos eco de una visión confabulacionista, conspiranoica. La pandemia, ya está suficientemente demostrado, tuvo causas bien precisas. Además de la mutación de un virus, lo que catapultó con tal fuerza el modo de abordarla con esos obligados encierros, fue la quiebra casi total en que se hallaban los sistemas de salud públicos producto de las políticas privatistas habidas años atrás. Pero incluso durante la misma pandemia, en el 2020, las protestas continuaron. En Colombia siguieron los enfrentamientos, en Guatemala la población volvió a salir a la calle, en Estados Unidos se dieron expresiones de furia popular con enormes movilizaciones. En esta circunstancia lo que encendió la ira fue el histórico antirracismo de esa sociedad, luego de la muerte icónica de George Floyd (Black Lives Matter). Ello se anuda, igualmente, con el empobrecimiento creciente de inmensos sectores de la, ahora decadente, gran potencia, entre los cuales la población negra es el más golpeado.

Las protestas nunca terminan (¿por qué habrían de terminar, si las poblaciones continuamos con tantas precariedades?). En distintas partes del mundo asistimos continuamente a manifestaciones de repudio al sistema, de explosiones de hartazgo, de movilizaciones indicativas de profundos malestares. Últimamente fueron jóvenes quienes protagonizaron esas acciones, logrando renuncias de mandatarios, revisión de leyes, mejoras en las prestaciones estatales. Ahí están las acciones de Sri Lanka en 2022, masivas protestas de estudiantes en Bangladesh en 2024, igualmente protestas en Kenya en 2024, también en Serbia ese mismo año, importante y masivo alzamiento juvenil en Nepal en 2025. Del mismo modo, se dan enormes manifestaciones contra las políticas de Donald Trump en Estados Unidos con millones de personas protestando (No Kings). En estos días Bolivia arde, y masivas manifestaciones piden la renuncia del ultraderechista presidente Rodrigo Paz. Todo ello, toda esa fuerza popular que ha derrocado presidentes, por ejemplo, es un indicador de que las sociedades están cansadas de las penurias que pasan. La cuestión es que ninguna de estas importantes movilizaciones logra colapsar al sistema capitalista.

Es más que evidente que sin un proyecto político claro y bien definido, es imposible que se altere la estructura de base. Las explosiones espontáneas, por sí solas, no son la revolución (para ello se necesita proyecto político y conducción). Hoy las izquierdas aún siguen -seguimos- buscando el camino. Pero esas movilizaciones -aunque de momento, tal como se dan, no pasen de explosiones viscerales, incluida, por ejemplo, la Primavera Árabe, luego cooptada por la CIA- si algo tienen de importante, es que marcan la ruta, dan fuerza, enseñan que solo la gente en la calle -y mostrando los dientes- puede lograr cambios. La Comuna de París de 1871 -que inspirara a Marx a formular su concepto de “dictadura del proletariado”- sigue siendo el faro. El socialismo debe ser autogestionario, con la clase trabajadora tomando el rol protagónico; si no, no es socialismo -tal como dice el epígrafe citado-. Hay suficientes ejemplos al respecto sobre la construcción de auténtico poder popular, única manera de trascender el capitalismo: los soviets de los primeros tiempos en la Rusia bolchevique, asambleas populares en distintos países que llegaron a la revolución socialista -cabildos abiertos en Cuba, en Nicaragua, Consejos Populares en Vietnam-, las Juntas de Buen Gobierno zapatistas en Chiapas (México), el socialismo autogestionario de los kurdos de Rojava (Confederalismo Democrático), experiencias de fábricas recuperadas en distintas latitudes, Comunidades de Población en Resistencia (CPR) en Guatemala, etc. Todo eso está claro: la cuestión es ¿cómo llegar a ese momento autogestionario?

Hoy la derecha tiene la iniciativa. Pero no debemos desfallecer. Las clases dominantes tienen terror a la gente movilizándose, porque saben que ahí está la posibilidad del cambio; por tanto, aunque hoy los tiempos no son los más favorables al campo popular, está claro que ahí anida el fermento para la transformación revolucionaria. Por tanto: ¡que la calle nunca calle! Revoluciones dando likes y mandando memes no son revoluciones.

(*) psicoanalista argentino radicado hace décadas en Guatemala

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