LOS PELIGROS DE LA IA

ACTUALIDAD CIENCIA

POR REDACCIÓN:

LA IA ENCARNA PELIGROS DIVERSOS, CIENCIA FICCIÓN, DOMINACION, BURBUJA?

En los últimos meses resulta casi imposible abrir un portal, escuchar un podcast o revisar una red social sin cruzarse con el último milagro de la Inteligencia Artificial. Nos dicen que va a reemplazar médicos, redactar contratos, diseñar ciudades y hasta enseñarle a nuestros hijos. Sin embargo, cuando uno se sienta a conversar con Esteban Magnani —escritor, docente y uno de los pensadores más lúcidos de la comunicación tecnológica en la Argentina— la conversación toma un rumbo muy distinto. Alejado de los discursos de ciencia ficción y de las profecías apocalípticas sobre máquinas que toman el control, Magnani pone el dedo en una llaga mucho más terrenal y urgente: el dinero.

En una charla a fondo en Ágora+, el diagnóstico fue contundente. Lo que rodea hoy a la IA tiene muchísimo de humo, de espejitos de colores alimentados por cifras astronómicas de inversión que buscan sostener la fantasía de un crecimiento infinito. El verdadero problema que deberíamos estar discutiendo en la mesa de café, en la política y en la calle no es si la máquina piensa o siente, sino qué va a pasar cuando la cuenta de esta fiesta gigantesca tenga que pagarse.

Capitalismo de Silicon Valley: una necesidad de las cúpulas, no de la gente

Para entender la aceleración desaforada de esta tecnología hay que mirar las pizarras de Wall Street. La IA no nació de una demanda popular ni de una necesidad colectiva no resuelta; surgió como la respuesta desesperada del capitalismo financiero para dinamizar un mercado que necesitaba nuevos nichos de especulación. Las corporaciones de Silicon Valley inyectan miles de millones de dólares no porque hayan descubierto la fórmula del bienestar humano, sino porque necesitan rentabilidad rápida, bajar costos laborales y concentrar un poder de decisión sin precedentes.

Esteban Magnani lo sintetiza de manera magistral: nos están vendiendo un mundo diseñado a la medida de un puñado de ejecutivos y fondos de inversión, una maqueta hiperdigitalizada que poco tiene que ver con el día a día de las mayorías. La pregunta incómoda que flota en el aire es qué va a pasar si esa enorme burbuja financiera llega a estallar.

Si las promesas de la IA no devuelven los retornos astronómicos que hoy se prometen a los inversores, la caída no va a quedar encerrada en los servidores de California. Sus esquirlas van a golpear de lleno en la economía real, en el empleo, en la estabilidad de los países y en la fragilidad de las instituciones democráticas. ¿Qué van a hacer los Estados cuando estas corporaciones «demasiado grandes para caer» vuelvan a golpear las puertas de las arcas públicas a pedir un salvataje? Y más grave aún: ¿tienen hoy las naciones la espalda política y el dinero para rescatar a semejantes gigantes?

Fricciones, resistencia y la vuelta a lo tangible

Pese a la contundencia de este escenario, la lectura de Magnani no se queda en el cinismo ni en la resignación. Hay grietas en esa narrativa triunfante por donde empieza a asomar la política real.

Por un lado, lo que ocurre en Europa marca un antecedente clave. Los intentos de regulación, los debates sobre soberanía de datos y las frenadas de mano a los monopolios muestran que la sociedad organizada y los gobiernos todavía tienen herramientas para poner límites. Por otro lado, los fenómenos geopolíticos actuales —desde los movimientos migratorios hasta el surgimiento de nuevos liderazgos que se atreven a cuestionar la lógica del libre mercado tecnológico— demuestran que el futuro no está escrito de antemano en una línea de código.

Quizás el signo más alentador de este tiempo sea la silenciosa fatiga que empieza a sentirse en la calle ante el exceso de pantallas, algoritmos e intermediaciones digitales. Crece la intuición de que muchas de las respuestas que buscamos no están en el próximo software, sino en la recuperación del territorio, en la conversación cara a cara, en el contacto con la naturaleza, en la artesanía del trabajo y en la calidez del vínculo cara a cara.

Reconocer que la Inteligencia Artificial responde a una fase de acumulación corporativa y no a una urgencia social es el primer paso para perderle la fascinación. Tal vez sea momento de desconfiar de las promesas del futuro automatizado y animarnos a presionar el freno: volver un poco a lo analógico, mirar al que tenemos al lado y recordar que las decisiones importantes de una comunidad nunca las debería tomar un algoritmo.

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