PFIZER

ECONOMÍA & FINANZAS LEER ES UN PLACER POLITICA INTERNACIONAL POLÍTICA NACIONAL

Por ADAN COSTA(*)

La verdadera política, es la política internacional, dijo Perón en el siglo pasado. A los argentinos nos cuesta pensarnos latinoamericanos. Así como nos cuesta comprender lo geopolítico, el devenir de los inaceptables intereses ocultos tras posiciones políticamente correctas, de las rentas extraordinarias concentradas que no han nacido de una inversión productiva sino de la especulación financiera y las herencias. También nos cuesta ver lo histórico en la coyuntura. Nos cuesta la identidad originaria, preferimos descender de los barcos a reconocer nuestra sangre. La genética es la voz de nuestro inconsciente que no vemos, pero en algún punto intuimos en nuestras patologías.

La idea de Patria Grande convive con la idea de relaciones carnales y sus sucedáneas. Artigas terminó muriendo solo y aislado en el Paraguay, defeccionado por sus principales lugartenientes. A San Martín, siendo el bronce viviente que ya era en 1824, Rivadavia le hizo morder el polvo de la indignidad. Bolívar fue traicionado por su vice Santander y entregó el Congreso Anfictiónico de Panamá a los anglosajones. Los unitarios porteños se subieron a los barcos ingleses y franceses en la Vuelta de Obligado con la excusa de combatir a Rosas. Los norteamericanos mandaron a Spruille Braden como embajador para combatir a Perón. En la actualidad hay un credo extendido que por suerte ha sido puesto decisivamente en cuestión, al menos desde Mar del Plata en 2005: el capitalismo global y la democracia liberal no tienen alternativa posible. Por suerte existe una visión “disociativa” de que postula que el conflicto es inescindible de la política, distinguida de una visión asociativa que dice que la política es consenso. Lo que no dicen que este consenso es el que impone la idea que los que están arriba sigan estándolo por siempre. No hay que olvidarse que la imposición de los intereses, primero de británicos en el siglo XIX y luego de norteamericanos en el siglo XX, por sobre de nuestros intereses, nunca hubiese sido posible sin los grupos sociales locales que se beneficiaron de esa imposición. Al inicio de la pandemia se sabía que al virus no podíamos derrotarlo porque no teníamos medicamentos ni vacunas, así que al principio se propuso una política de aislamiento y distanciamiento para morigerar el impacto y eso nos permitió equiparnos porque realmente habíamos recibido una salud pública devastada. Para la idea de los consensualistas de la política, la salud no es un derecho sino más bien, un negocio más. Es verdad que existe una geopolítica de las vacunas. El estado argentino negoció la provisión de vacunas Sputnik V con el laboratorio ruso Gamaleya, con la compañía británica Astra-Zeneca, que desarrolló su producto en colaboración con la universidad de Oxford, y con dos proveedores chinos: Sinovac y Sinopharm. La vacuna rusa de Gamaleya, cuyas primeras 300.000 dosis llegaron en Nochebuena y comienzan a aplicarse este martes, tiene un inocultable costado geopolítico. Otro tanto ocurre con las vacunas chinas, de las que se esperan 22 millones de dosis, la mitad de cada laboratorio. Seguramente habrá una segunda ola de contagios pero se espera tener a la población de riesgo vacunada. Hoy la Argentina ha rechazado las condiciones del laboratorio norteamericano/alemán Pfizer-Biontech para distribuir las vacunas en nuestro país. El laboratorio Pfizer pidió a cambio garantías como son los glaciares y permisos de pesca en territorio argentino. Es necesario aprender las enseñanzas de la historia. Estados Unidos se hizo del estado de California en 1848 tras la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo, en desmedro de España y México, con estrategias parecidas. Muchas veces se ha querido poner al Acuífero Guaraní o la Patagonia Argentina como garantía de deudas tan impagables como ilegítimas. Para poder ver, hay que comprender.

(*) Abogado, Profesor Universitario

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