EL DÍA DESPUÉS

Nota

Por: Lic. Alejandro Marcó del Pont para https://eltabanoeconomista.wordpress.com/

La independencia del Banco Central, de los mercados, así como la mano invisible de Adam Smith, se fueron al garete. Los planes de los gobiernos no intentan reactivar la economía, solo intentan detener la caída. En economía, no hay nada más ortodoxo que ser heterodoxo. Aunque muchos neoconservadores intenten disimular que la tendencia discursiva gubernamental migró de “El gobierno no soluciona problemas, el gobierno es el problema” a “El Estado soluciona los problema que la desidia de los seguidores del mercado crearon”  

No es la primera vez que las economías maniatadas transforman a los conservadores en progresistas. Nixon clamó “ahora soy el keynesiano”, George W. Bush, el intervencionista, y Donald Trump en su fase de rescatista económico. No sé si lo han notado pero en cuanto el drama viral se transformó en económico, las medidas de política económica gubernamental obtuvieron la facultad de la amnesia. Al parecer se pueden implementar paquetes de medidas contracíclicas sin que a los mercados les dé una embolia.

La imagen sostenida de las reglas básicas de economía ortodoxa que nos sacarían del estancamiento, que nos volverían confiables y predecibles ante los inversores, no son más de utilidad. Lo sorprendente es que hasta hace unos días nos resaltaban que evitar este protocolo nos llevaría a la ruina. ¿Qué fue de la reducción del gasto, del superávit primario, la flexibilización laboral, la reforma de las pensiones, la emisión monetaria generadora de inflación o de la irresponsabilidad de no afrontar los compromisos externos?

Hay un castigo del mercado a los incentivos económicos sin pandemia y un premio cuando se activa. ¿Los gobiernos encontraron la vacuna supresora del rubor populista? ¿Se pueden preparar baterías de medidas ante la crisis viral y no antes el hambre fatal? Tiene que haber algo más, desde el punto de vista económico-social, para que de la noche a la mañana las consignas de políticas de protección social, que se consideraba que embestían al mercado, hayan perdido su poder devastador.

Obviamente, hemos sido engañados, la historia de la economía y de las ciencias sociales en general, es la historia de la búsqueda de un mapa de las realidades, no de una única realidad. Así, la escuela neoclásica considera universal el problema económico de la utilidad, ya sea, como dice el economista Han-Joon Chang, para Robinson Crusoe en una isla desierta, para un agricultor de Tanzania o para un acaudalado consumidor alemán del XXI.

Ahora, cuando llegue a nuestras playas la onda expansiva de la parálisis económica y la inminencia de la recesión, deberemos recordar que la economía capitalista creció a tasas veloces, como nunca en la historia, de 1950 a 1970, una época de fuertes regulaciones, subsidios, incentivos industriales, mayor distribución del ingreso e impuestos altos. Y hemos visto que bajar los impuestos, concentrar el ingreso y, desproteger a la sociedad ha dado los resultados opuestos.

Quizás lo más llamativo sea que los países centrales se han agenciado de la fragilidad de los estados latinoamericanos, en general gracias a las políticas por ellos impuesta y hoy recluidas en el arcón del olvido (solo temporalmente), cuyas consecuencias, entre otras, son el desmantelamiento estatal, la eliminación de la producción y el desprecio social, las que dificultan enormemente las políticas sanitarias y de supervivencia económica.

Pobres casi 60 millones en Brasil, 52 millones en México; en ambos países el 60% de los que trabajadores son informales. Sin agua, luz, cloacas, sin protección social y mínima cobertura, las políticas sanitarias se vuelven un dilema. “Me mata el hambre o el coronavirus”, “Si no trabajo no vivo”, la resistencia en las favelas al aislamiento y la falta de posibilidades de políticas públicas, el déficit registral de las privaciones y un presidente perturbado, dan como resultado un coctel mortal.

Las estrategias sanitarias y económicas, de manera paralela optadas por diferentes países, entre mitigar, salvando a las grandes corporaciones, por un lado (Italia, España, EE. UU., Francia, Gran Bretaña, Brasil, México, etc.) y suprimir, con políticas de cuarentena y aislacionismo (Argentina, Corea del Sur, Alemania, Rusia, China, etc.) han dado resultados diferentes y han obligado a los moderados a tomar medidas extremas ante la eminencia de la dispersión del virus; en economía pasará lo mismo.

La demora de las políticas públicas para 2.800 millones de personas que pasan hambre en el mundo se resume, en Argentina, el mayor exponente de aumento del hambre y la pobreza en los últimos años, que produce comida para 440 millones de personas, diez veces su población, y no puede mantener la suya alimentada. La implementación de políticas sanitarias y económicas, con un Estado desmantelado, resulta mucho más complejo, pero no hay que olvidar las políticas que, una y otra vez, intentaron ahondar su abandono.

Pero tenemos una gran oportunidad. Ya lo comentamos en varios artículos, el problema del capitalismo es sistémico, pero quien imagine otra salida que no sea una nueva mutación que le permita sobrevivir como en crisis anteriores, está equivocado. De nosotros dependerá qué tipo de transformaciones permitiremos para crear un mundo mejor, el día después del retroceso del coronavirus.

En términos económicos se especula con diferentes escenarios: una restauración económica rápida, tipo V, es decir, fuerte caída y pronta recuperación; otros imaginan una U, un fuerte retroceso y un periodo de letargo contractivo y una pausada mejoría, mientras que los más pesimistas piensan en una L, una fuerte retracción sin salida obvia en el horizonte. 

Solo un demente puede imaginarse una salida tipo V, pero lo importante no es la conjeturar, ni su forma, sino el fondo. Debemos tratar que no vuelva a ocurrir que nos inoculen las barbaridades económicas que hemos tenido que soportar durante los últimos cuarenta años. Tenemos el deber moral de torcer la batalla cultural y evitar que en esta oportunidad salga un nuevo experimento económico que vaya a destruir a centenares de miles de personas como lo han hecho el sistema financiero y la especulación en estos años.

En la recta final de las elecciones norteamericanas del año 2000, el Financial Times realizó una encuesta donde se preguntaba no solo por quién votaría, sino por qué no apoyaría al otro candidato. El motivo que apareció con mayor frecuencia para no apoyar al otro candidato fue que era “demasiado político”. Es decir, los estadounidenses ¿estaban insinuando seriamente que querían elegir a alguien que fuera poco político para ocupar el cargo político más importante del mundo? Por supuesto que no.

Contestaron eso porque el término “político” se había convertido en un insulto, y por lo tanto tildar a una persona de político era una manera contundente de desacreditarlo. Lo mismo sucede con estatista, intervencionista, regulacionista.

Los elementos centrales del contrato social de la posguerra ya estaban en retirada antes de la crisis del 2008, pero cuando llegó la crisis muchos creyeron que la gran recesión, la mayor crisis desde los años treinta, cambiaria las cosas, y no fue así. No solo no se solucionó, sino que llevó a un mayor endeudamiento, una peor distribución del ingreso, y dada su debilidad, a un Estado más ausente.

La mayor compañía de taxis, Uber, no tiene un solo taxi de su propiedad. Nuevas formas de negocios, nuevas y más flexibles formas de contratación laboral. Sea su propio jefe, el gran emprendedor. La mayoría de las personas salieron de la crisis del 2008 más pobres, más precarizadas, con menores oportunidades y mucho menos protegidas socialmente. Un nuevo contrato social con otro tipo de Estado es necesario. No puede esta pandemia llevarnos a la misma cloaca.

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